Fresas con Kiwi
Más cuentos cortos – Página 3

Más cuentos cortos – Página 3

Libros

Las tiendas de segunda mano están por todos lados. Libros y libros se reparten cada semana a lo largo de la gran ciudad. Unos compran, otros venden y otros dan. Regalos en forma de libros. Regalos en forma de historias. Y aquellos otros puestos en hilera y en el balconcillo de una ventana, en mitad de la calle. Libros que aguardan dedicatorias desconocidas, de dueños anteriores, de historias convertidas en vida cuando ellos se conocieron. Un libro, distintos finales.

Arte

De galería en galería iban sus mañanas, exponiendo los trabajos de artistas de las últimas 100 décadas. El piso de la época de las pirámides era gestionado por él. Hacia tiempo que trabajaban juntos, aunque se conocieron en la universidad. Estudiaban en la misma Facultad de Bellas Artes, y hablaban durante horas y horas de artistas, de historia y de arte. Ahora se dedicaba a hablar de otros, y a pintar al caer el sol.

Hogar

De allí para acá, de acá para allá. Tenía un impulso dentro que le había llevado a vivir en cuatro grandes capitales del mundo. Esto después de haber viajado a las américas, y de haber subido el Everest tras su vuelta. No importaba cuán lejos iba, cuanto durase el viaje, dónde durmiera. Todos los sitios son su hogar. Un hogar que habita dentro de él, con tantas habitaciones como lugares, con tantos recuerdos como experiencias.

Carolina

Bajo el cielo más azul, sentía el calor del verano rozando en su rostro, oliendo a flores, escuchando a los niños, con la pequeña entre sus brazos. La melodía de todas la mañanas sonaba ahora en la radio. Carolina ponía la mesa mientras tanto. El mayor corría a voces, gritando el último gol que había metido, mientras los gemelos discutían entre ellos. Entre bostezos, la bebé seguía mirando a su padre mientras le cantaba. A golpe de lluvia, los recuerdos se desvanecían, mientras Carolina de zarandeaba de lado a lado. Era hora de irse.

Aire

Desde aquella colina las distancias eran tantas que los simples movimientos corporales quedaban paralizados a su vista; como si la visión la tuviera desde un avión a kilómetros de altura, justo pegado a las nubes y rozando el aire del cielo. Hacía tiempo que no lograba ver más allá, donde solía reunirse con ella. No mantenían ningún tipo de romance a escondidas, aunque de vez en cuando a él le gustaba decirle algún piropo inocente y ella respondía con media sonrisa. Un día él le dijo que la quería y ella que estaba con otro. Y todo cambió.

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Cerveza

Llovía de escándalo y se esperaba que estuviera así el resto del día. Se pegaron un telefonazo; trazaron un plan. Se proyectaron a modo de película y desfases a la americana. Primera ronda: una de cerveza, por favor. Entre ronda y ronda, se unía más gente a la mesa de madera, acoplándose todos en los sillones aterciopelados, mientras de fondo seguía sonando Elton John, ahora con su «Don´t go breaking my heart». Alguien invitó a otra ronda. Chupitos. Suena la última campanada. Cierre de puertas. Intercambios de teléfonos. Ubers en camino. ¿Nos vemos mañana de nuevo, tú y yo? 

Amistad

Hay curas para mal de amores y también para malas noches. Para la distancia a contrarreloj y la nostalgia a deshoras. Hay cuadernos para las frases, los textos, las citas absurdas que aguardan momentos. Hay historias vividas, contadas y aún por contar. Hay escondrijos, recovecos que existen, que callan, salvaguardan y defienden lo que un día existió. Hay años, vueltas y venidas, muchos 1 de enero y muchos 31 de diciembre. Hay nuevos años, conocidos, viejos encuentros y reencuentros, pero ¿sabes qué? Hay amistades y café, pero solo hay un tipo de café para una amistad eterna.

Irascible

El trabajo le provoca cierto repelús. Se ha comprado botas nuevas para el trabajo, un gorro que le tapa media cara de su rostro y unos guantes negros de cuero especiales para conducir su Harley- Davidson. Dice que no va de cuentos ni de historias, que para él los días son solo días. Que su media cara abrasada en aquel incendio le ha provocado cierta irritabilidad y que por eso es así de irascible: una cuestión de realidad, de espejo contra reflejo, de reflejo contra realidad. De su propia realidad.

Salitre

Aún recuerda la comida casera a media tarde y las copas de vino al llegar la noche. Sus recuerdos resuenan tan fuerte como una especie de huracán que lo deja todo patas arriba sin previo aviso. Hacía 38 grados y la playa estaba a reventar. Subió a la parte alta. Aún recuerda su olor, el cabello oscuro y ondulado, aquella sonrisa que iluminaba sus ojos color miel y aquel vestido casi transparente que dejaba entrever el bikini que llevaba. Allí estaba, riendo a carcajadas con una amiga, mientras observaban el salitre de las rocas. —Hola, soy Carlos, ¿necesitáis ayuda?

Café

Código 4.3.7. Repito, tenemos un código 4.3.7. Accidente de coche. Rotonda de Apolo con calle Hermes. Volvo P1800, color blanco, sin matrícula, sin las dos ruedas traseras. Un superviviente. Repito, un solo superviviente a la vista. Varón, unos 8 años, pelo moreno, ojos azules. El sujeto sostiene una taza de café en la mano derecha. Salen algunas llamas. No habla y está paralizado. No está herido. Repito, no se observan daños en el sujeto. Causas: desconocidas. Cambio y corto. 

Discernir

No era cuestión de gafas, aunque se empeñaba en cambiarlas de modelo para cada ocasión con el alivio de poder discernir entre el bien y el mal. A pesar de que su doctora le decía los grandes avances que había tenido, él seguía sin creerlo. Las parálisis y los brotes de malestar no paraban de cesar. En fin, que un día dijo adiós a las gafas y volvió a ocurrir. No recordaba el principio, ni el final. Y hoy solo agarra sus gafas bien fuertes de camino a la sala. Quedan 30 minutos para el juicio final. 

Manhattan

Sus primeros pasos habían parado a caer en aquel parque de Manhattan, que con tan solo pronunciarlo le provocaba cierto revuelo en su interior. Se sentía como en una película de Woody Allen, llena de intriga y misterio y con cierto halo de nostalgia. Central Park vestía de colores crudos y claros, aunque siguió andando; sus pies lo tenían claro. No le importó tampoco el sabor amargo del café de Starbucks, pues ya estaba en la Quinta Avenida. Exactamente en frente de uno de los escaparates donde su actriz favorita muchas tardes le hizo soñar. 

Hortensias

Ha salido a dar un paseo con su hija; la niña de sus ojos, su amanecer y su vida. Hace tiempo que no es ella, como si algo en su interior se hubiera ido, esfumado. Tan rápido como en un abrir y cerrar de ojos, tan inmediato como un descuido al salir del metro. Algo ágil, fugaz como el viento. Los médicos no dan crédito. Así que allí está, bajo los árboles del parque, junto a la hortensias azules y su olor, mirándola y tratando de encontrar la forma de volver a hacer que hable.

Lealtad

En el mundo de las grietas había todo tipo de gremios, aunque quien no obedeciera los mandatos de la reina quedaría desterrado para siempre. Se levantaban a la misma hora y se vestían de la misma manera. Un conjunto de movimientos cosidos todos por el mismo patrón. Cada vez se hacían más recurrentes las pequeñas rebeliones. La reina había dejado de servir lealtad. La muchedumbre se concentraba por las noches a escondidas. —Bueno, cariño, es hora de ir terminando por hoy, — dijo mirándo

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Arrebol

Se trata de un tipo de esos fuertes y cachas, con bíceps de 49 centímetros, bigote y cabeza rapada. Un tipo que entrenaba 8 horas diarias, que colgaba los guantes al llegar a casa y pasaba las tardes jugando con sus hijas y agarrando a su mujer para bailar bachata. Un tipo que ahora ve la vida entre rejas, con una ventana cuadrada y de barrotes. Ahora ve los días pasar entre gritos de dolor y desesperanza. En cada llanto y lágrima le queda el arrebol de las tardes, pensando en su inocencia y en los ojos de su mujer. 

Inmarcesible

Parecía que habían pasado años desde aquella tarde en la que se encontraron por primera vez. en realidad, solo habían pasado un par de meses, pero la intensidad con la que habían vivido las últimas semanas les hacía perder la noción del tiempo desmesuradamente. todo empezó hablando por mensajes, a escondidas de los niños. Solo palabras, textos, sin fotos ni audios. Al cabo del tiempo, las decisiones eran tomadas en conjunto, al cabo del tiempo no podían vivir el uno sin el otro. Fijaron una fecha. Ella llevaría una camiseta roja, él una flor roja inmarcesible.

Sueños

Soñando iba, soñando volvía hacia recónditos encuentros. Insospechados. Fuera de toda moral. Dentro de toda inquietud de quien vive lo que desconoce. De quien conoce lo que sueña. No servía de mucho, pero sus subconsciente le llevaba a esos lugares, a esas historias, a sueños. Sueños de noche en noche. De siesta en siesta. De despertares a gritos. De despertares a sudores. De despertares a corazón abierto. Una y otra vez, uno y otro sueño, se adentraban en su ser; acabando sin saber si se trataba de ficción o realidad. 

Alma

Lo había escuchado, incluso lo había leído en algún lado, aunque jamás padecido, ni visto aquella especie de lugar. Una especie de encuentro casual; como un montón de burbujas de agua que se juntan tras una fuerte oleada en el mar. Un estado de equilibrio, de estúpidas coincidencias que dan sentido a sinsentidos pasados. Un estado de consciencia aterrador; de un miedo que asusta pero gusta, que sana y que te pone a tiro. Un estado que te encuentra y te coloca ahí, alma con alma. Justo ahí, en ese espacio en el que coexisten las llamadas almas encontradas. 

Sombrero

Son las 12 de la mañana, acaban de pegarse un buen desayuno. De esos con zumo recién exprimido, pan del día, café y leche recién hervidos. Desayunos sin reloj, sin tiempo al que servir. Un momento de esos tontos, en los que hablar entre legañas, moños altos y alguna que otra arruga en la cara que dibuja los pliegues de las sábanas. Una mañana diferente, que terminó ordenando recuerdos. De historias siempre presentes. De recuerdos rotos, pero vivos. Como aquel sombrero de paja que ahora cuelga sobre su nuevo espacio.

Azul

Redondo y brillante, con dos patas sujetándolo hacia arriba, mirando hacia ella y hacia los otros que lo miran. No es una persona, tampoco un animal, entonces, ¿qué es? Tiene veinticuatro acompañantes, pequeños, muy pequeños, que le dan cobijo y luz. Vivió en los años 20, en los 40 y en los 60. Reapareció al cabo de los años, en el siglo siguiente. Ahora su dueña no puede separarse de él, ni de ese tono azul turquesa que corona, que recuerda, que guarda y protege.

Aún quedan algunas más, te dejo el enlace más abajo para seguir leyendo.