Fresas con Kiwi
Storytelling

Storytelling

Historias de vida escritas en 100 palabras - Microrrelatos que hablan del amor, los recuerdos, el desengaño, la amistad y otros temas del día a día

Turnham green

Todos los sábados se dirigía hasta Turnham Green con aquella guitarra que le regaló años atrás su abuelo. Un puesto de flores que hay a mano derecha de esa boca de metro londinense era cada mañana su primera parada. Aquel guitarrista amateur solitario no sólo regalaba flores, sino que además regalaba música para tus oídos, para tu deleite. Nueve meses después, con su primer disco a punto de salir en el país del sándwich, continúa acudiendo cada sábado a tocar y a dar melodía al parque de Turnham green.

Café americano

Allí estaba. Un día más en su vida. Sentada. Justo al lado de la ventana de aquel café. Un café americano le acompañaba todas las tardes junto con una libreta de pasta marrón. A veces escribía en él, otras se quedaba simplemente mirándolo. Tarde tras tarde, carmín rojo en sus labios, gafas de sol puestas y constante y fiel a su rutina, le conoció a él. Aquel chico de gorra azul que acudía al café tres días por semana. Desde entonces, los dos comparten ahora café americano.

Palabras

Bibliotecas llenas de libros, de historias, de cuentos, de frases, de poemas, de palabras, de susurros, de pensamientos. Bibliotecas llenas de experiencias; de pasados, de presentes, de futuros imaginables. Imágenes y palabras que componen un mundo, o una historia, o una ilusión o un deseo. Palabras que trascienden, que inspiran. Palabras que hieren, que perduran. Palabras que juegan, que engañan. Palabras resurgidas de los sentimientos, que no pensamientos. Ideas convertidas en palabras, palabras en libros. Y vuelta a empezar.

 

Poder

Cuando el orden está supeditado y la razón revolotea encontrando un lugar, en aquel orden estrictamente rígido. Cuando nada vale más allá de esas cuadriculadas y ordenadas cajas, dispuestas en hileras. Cuando sólo existe el todo, olvidando la existencia de la que se compone, de las partes que la integran, de sus raíces. Qué será si se pierde la razón. La que te hace ser, discernir, ser libre. Cuando la potestad de aquellos es ganada por la supeditación sin sometimiento a la razón. Y se olvidan de cuando no la tenían. Qué ocurrirá entonces.

Gente

Cuando menos lo esperas, cuando ya no ves, cuando ya no puedes ni con el último sorbo de esa cerveza que parecías querer. Última hora, última gente en ese pub donde vas cada viernes. Cada viernes o juernes. Qué más da. Cada grito en silencio de aquel que apoya el brazo sobre la barra del bar. Cada risa que escuchas al final del bar. Cada sonrisa escondida tras el vaso de wiski o del Jäger. Qué más da. Cada moneda puesta en aquella máquina expendedora colocada en mitad del pub. Gente allí, aquí y allá. Gente en un pub, que viene y va, que vuelve. Gente.

 

Historias reales, comunicación escrita y copywriting todas las semanas. Pequeñas cartas en las que te cuento historias que me ocurren en mi día a día, otras historias que he vivido en segundo plano y otras veces sencillamente te cuento reflexiones de historias que nos inspiran y acompañan.

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Libertad

Solía montar en bicicleta, todos los días. Le encantaba pues para él era su momento de ejercicio y de escuchar música. Solía trabajar en la construcción de un edificio de siete y media de la mañana a cinco y media de la tarde. Llegaba a casa, cenaba algo y descansaba por un rato. Después se ponía a hacer aquello que más le gustaba; dibujar. Y dibujaba bicicletas, aquellas que solía montar y aquella exactamente que le hacía sentir en libertad.

Maletas arrinconadas

Érase una vez una maleta que pasaba sus horas, días y meses tras la puerta de una habitación. No sabía muy bien qué había al otro lado. Tan sólo sabía lo que podía escuchar de aquellos que entraban y salían. De sus conversaciones, de lecturas y de susurros. De vez en cuando se preguntaba si algún día ella también podría vivirlo, olerlo, saborearlo. Se preguntaba si algún día esos que habitaban aquel lugar la sacarían a todos aquellos sitios de los que solían hablar.

Colinas

De tanto subir y bajar colinas, ni se apuntó al gimnasio. ¿Para qué si ya tenía aquellas colinas, de las que hacer uso en la hora del día que prefiriera? Y tenía además los parques, uno exactamente a diez minutos de su casa. Parques llenos de aquellas máquinas que ayudan a ejercitar los músculos y diámetro de su cintura. Y a respirar aire fresco. Pero respiraba mejor al usar las colinas de los libros que tenía la última estantería de la pared, esa que alimentaba cada mes con algún libro nuevo.

Copa de vino

Bebamos una copa de vino por la vida, por los años juntos y aquellos que aún nos quedan. O no. Pidamos otra ronda de vino por los momentos vividos y por los que aún nos quedan. Bebamos con sentido y con motivos. Llenemos un poco más las copas de recuerdos. Llenémoslas con fotos y risas. Riamos tan alto que no podamos escuchar ni nuestra propia mente. Riamos tan fuerte que no sintamos ni el dolor que invade nuestra alma. Brindemos y celebremos que seguimos aquí juntos.

Aquel cigarro asqueroso

Se evaporaban los días como el humo de aquel cigarro asqueroso que coges entre tus dedos. Se evaporaban los segundos, las horas, los días y los meses tras las caladas de esos cigarros fumados. Se esfumaban las conversaciones racionales, que de sentido ya se hablaría algún otro día. Se fumaba y esfumaba. Y entre calada y calada, se quedaban aquellos cuatro discutiendo del tiempo, del calor y del frío, del día de ayer y del mañana. Fumando y esfumando se pasaba el hoy y el presente.

Deseo

Había algo que le detenía al final de sus días. Aquella tarde, un pequeño portalón fue la mejor opción para refugiarse de la lluvia y se detuvo por unos instantes. Mirando al infinito, un silencio evocador se hizo con él. «He perdido el deseo de amar las cosas de mi día a día», pensó. Inmediatamente todas las ideas se reordenaron en su cabeza, encontrando la respuesta a su ecuación. Abrió su hoja de notas e ideó su nuevo plan de acción. No tenía dudas de que lo lograría, pues el deseo de sentirse vivo había vuelto a él.

Mirada fija

Por fin la primavera llegó y ese fin de semana tendría lugar la gran fiesta de año en el centro del pueblo. Cogió el tren al salir del trabajo, llegó a casa, dejó el maletín y salió deprisa a encontrarse con el resto. Mientras esperaba en la barra del bar, allí lo vio de nuevo. Otra vez aquella mirada fija. Habían pasado ya siete meses desde la última vez que hablaron. Ella se acercó, le miró, le cogió la mano y sin apenas decir nada, le besó.

Cajas de recuerdos

Eran los recuerdos más íntimos de su adolescencia. Cajas repletas de recuerdos ocupaban los bajos de su cama. Un día cogió una de ellas y empezó a sacar todas las cartas que guardaba. Entre sonrisas y lloros, leía una carta tras otra. Las dejó en su sitio de nuevo. Dos semanas después volvió a su caja de recuerdos. No la descolocó, ni siquiera la tocó. Tan solo puso una mano en cada extremo de la caja, se dirigió a la cocina y tiró todo a la basura.

Caminos

Bajando por la ladera más costosa de aquella montaña, se encontró con un ganado. Pasado el ganado, un par de hectáreas con plantaciones de lechuga. Pasadas estas hectáreas, seis vacas que pastaban tranquilamente. Después le seguían espacios llenos de estiércol. Mientras tanto y en su camino hacia el destino deseado, una camioneta iba y venía recogiendo los frutos de aquella temporada. Al final de aquel camino, lleno de nada y de todo, con su mochila tras su espalda, se sentó en una roca. A lo lejos por fin vio la casa que andaba tanto buscando.

Flores amarillas

Cada tarde se asomaba para ver la nieve caer. A las siete y media de cada día, pasaba aquel hombre con una flor amarilla en mano, bastón, gorro y cabizbajo. La niña corría las cortinas y se escondía tras ellas para que no le viera. Unos años después, regresó a casa de sus padres y llegó el invierno. De nuevo aquel hombre encorvado. Decidió seguirle. Se dirigía al cementerio del pueblo. Sintió miedo. Y allí lo vio, de pie y dejando una flor amarilla sobre la lápida de aquella que fue su mujer.

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El chico de las zapatillas de ballet

Marcaban las ocho en punto cuando salía de su casa dispuesto a comerse el mundo. Se despertaba a las seis y media. Exactamente media hora más tarde cogía su mochila y salía dirección a la Universidad. Tres veces por semana salía con algo más; sus zapatillas de ballet. Cada una de esas tardes, se colocaba en su plaza favorita, dejaba el gorro en el suelo y le daba al play. Ocho meses más tarde estaba recorriendo Asia y dándole al play en otras plazas.

Tumbada en una hamaca blanca

Por fin había llegado verano. Ya podía ponerse esas sandalias que se había comprado en las últimas rebajas. Rayos de sol, calor y vermut era todo lo que llevaba esperando. Hoy lo hacía tumbada en una hamaca blanca. Llegó él, cogieron todas las cosas y anduvieron hasta el lago. Se quitaron toda la ropa y corrieron hasta el agua. De repente y a lo lejos se escuchaba el sonido de su móvil. Salió, no vaya a ser que sea importante. Se despertó. Mierda, es hora de ir al trabajo.

Bombillas de colores

Todas las navidades su abuela la recogía un veinticuatro de diciembre, andaban hasta la plaza que quedaba a cinco minutos de la casa y cantaban juntas. Una Navidad, su abuela cayó enferma y le regaló bombillas de luces de colores como símbolo de espíritu navideño y esperanza. Unas cuantas navidades más tarde siguen luciendo las bombillas de colores, pero ahora sirven para alumbrarla a ella y al resto de coro con el que canta en la misma plaza cada Navidad.

Casas blancas

No le quedaba otra que coger el tranvía para ir a trabajar. Al menos el precio del abono- transporte era ahora más barato, como parte de las nuevas políticas sociales del nuevo gobierno en la ciudad. Iba y venía de lunes a viernes y siempre veía aquel montón de casas blancas a lo lejos. No entendía por qué, pero una exagerada curiosidad le invadía por dentro. Una tarde se paró en la estación más cercana a éstas. Anduvo. Ya era de noche. Descubrió que llevaban diez años sin ser habitadas y una mujer con diez gatos ahora la custodiaba.

Pistachos

Llevaba un mes viviendo en aquella localidad, alejada de la gran ciudad. Se había cansado de viajar, de conocer a otras personas, otros lugares. Se había cansado de andar de un lado para otro, de leer libros de todo tipo y se había cansado de ir al supermercado a hacer la compra de la semana. Ahora su interés se centraba en cuidar a su dulce hija de seis años, tejer jerseys para ella y el resto de su familia y comer pistachos antes de cenar.

Espera, aún hay algunos microrrelatos más...