Fresas con Kiwi
Más microrrelatos – Página 2

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Promesas

Se dijo así mismo que jamás volvería a coger un tren en su vida. Aquel accidente fatídico en el que perdió a la mujer de su vida, le hizo hacerse esa promesa para siempre. Lo que ocurriría años después no lo sabía. Y un día la conoció. Allí. En la estación de trenes de la ciudad. Mientras esperaba la llegada de su hijo y nietos, la conoció. Y nuevas promesas cobraban ahora un nuevo sentido.

A la luz de la luna

Ruidos de lado a lado eran los sonidos de cada noche, como si la madera que conformaba las paredes de la casa cobrara vida a la luz de la luna. Desde la habitación del final del pasillo entraban fuertes corrientes de aire. Mientras el viento susurraba un suave silbido, una fina neblina disipaba las vistas. Juraba haber visto a alguien, aunque no podía alcanzar a distinguir aquella silueta robusta a lo lejos. Se escuchó un fuerte golpe, se dio la vuelta y segundos después alguien le agarraba de la mano. —Clara, ¿estás bien? Llevas un rato gritando en la cama.

Junto a ti

Un chico corriente, de una ciudad corriente, gestionaba un bar corriente de martes a domingo de todas las semanas de cada mes. Este chico tenía un perro enorme, de color negro y tan sensible y cariñoso como un bebé recién nacido entre los brazos de su madre. El chico salía a pasear con su perro todos los días. Las dos de la mañana, las ocho y las tres de la tarde solían ser sus horas favoritas. Un día salió de trabajar y al volver a casa nunca más le volvió a ver respirar.

Un viernes cualquiera

A pesar de que vivía cerca de la playa, ya no solía ir mucho por allí desde hacía unos años. Aquel hábito que tanto le gustaba dejó de hacerlo de un día para otro. Y lo cambió por ir a un gimnasio a hacer yoga tres veces por semana. Un viernes cualquiera salía a cenar con sus amigas. Fue una noche de esas entre comida vegetariana, vino tinto y música jazz. Lo pasaban bien. Ella disfrutaba hasta que lo vio allí, en la esquina del bar junto al hombre con el que se iba a casar.

Luces encendidas

Una anciana de unos ochenta años seguía dando servicio a la tienda de segunda mano de lámparas situada en la calle tercera de la ciudad. Se encontraba justo haciendo esquina frente al mercado central. Durante siglos aquella tienda permaneció perenne y se convirtió en un claro reclamo turístico. No obstante, llevaba unos días sin abrir y luces encendidas mantenían el interior encendido durante las últimas noches. Alguien llamó. Acudió la policía y unas horas después se ponía el candado en la puerta de aquella tienda por última vez.

Historias reales, comunicación escrita y copywriting todas las semanas. Pequeñas cartas en las que te cuento historias que me ocurren en mi día a día, otras historias que he vivido en segundo plano y otras veces sencillamente te cuento reflexiones de historias que nos inspiran y acompañan.

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Hambre

Tenía mucha hambre. No sabía cómo ni porqué había llegado hasta ahí. Decidió seguir andando. Bajo ese sol. Bajo esa especie de humedad pegajosa. Gota tras gota seguía andando. Qué más da lo de fuera, si lo de dentro lo tengo vacío, pensó. Seguía teniendo hambre, pero seguía andando. Andando sobre aquella tierra seca. Sin zapatos y solo sobre la suela de la de la constancia. De las ansias. Seguir andando para llegar hasta el pozo. Con agua. Con vida. Para él y toda su familia.

Un recuerdo y dos corazones

Habían pasado meses de aquellos encuentros fugaces, repentinos y casuales. De sus ojos con los suyos. Él la solía mirar. Luego le siguió ella. Él solía trabajar en la construcción, ella en oficinas. Se encontraron una noche. Una fiesta de verano, bajo treinta grados de temperatura, una cerveza y una ronda de chupitos. Un verano de por medio y muchas lunas sin dormir. Juntos. Semanas después se produjo un hasta luego y una sonrisa firmaba una carta de esperanza. Ahora solo queda un papel arrugado, muchos recuerdos y dos corazones rotos.

Promesas

Se dijo así mismo que jamás volvería a coger un tren en su vida. Aquel accidente fatídico en el que perdió a la mujer de su vida, le hizo hacerse esa promesa para siempre. Lo que ocurriría años después, no lo sabía. No podía esperarlo. Allí. En la estación de trenes de la ciudad, un día cualquiera la conoció. Justamente allí. En aquella misma estación, mientras espera la llegada de sus nietos. Entre choques de maletas se produjo el primer contacto. Entre choques de suspiros se producen nuevas promesas y esperanzas.

Perfume

Le resultaba familiar ese olor a perfume. Sumergido en sus propios pensamientos, podías ver cómo la gente avanzaba a lo largo de la cola dejándole fuera de turno y sometido a todo aislamiento social. Seguía dándole vueltas. Cabizbajo y con los ojos perdidos en sus recuerdos, veía a su hermano a lo lejos, sentado en el regazo de su madre; escuchando atento ciertas indicaciones, con una tez casi incolora, ojos brillosos, piernas juntas y manos cruzadas. Ahora era él, en su regazo, apoyando su cabeza bajo su hombro, adormilado con su perfume, tratando de asimilar aquella información.

Voces

Parecía abril, aunque le faltaba algo. No eran como los otros años. Ya no desprendía ningún olor a primavera, a césped recién cortado. No se veía ningún rayo de sol a primera hora de la mañana, ni se escuchaban a los pajarillos cantando. Sentía cierto desconcierto. Esta vez le faltaba algo que le hacía más que diferente. Extraño, incluso. Era como un sentimiento corriendo por sus venas y desembocando en su corazón. En cambio, sí escuchaba el palpito de su corazón y una voz que sabía que había dejado de ser real.

Nostalgia

Creció en la peluquería de su madre. Siempre cuenta que los mejores años de su vida habían sido años atrás; cuando solo necesitaba una Coca-Cola, un parque y unos cuantos amigos con los que contar historias. La nostalgia se ha hecho su mejor amiga, y ya no quiere amigas. Tan solo él, su cerveza y algún que otro cigarro que acompañe sus historias. Porque son historias, como él dice. Una vida que no volverá a ser igual. El parque es su aliado, la Coca-Cola es ahora cerveza, el cigarro es ahora dosis de sustancias que le hacen soñar.

Fuera del sistema

John va de carretera en carretera, yendo de un lado a otro para aumentar las ventas del último de los productos que ha fabricado la empresa para la que trabaja. Le da igual cuántos kilómetros tiene que hacer para incrementar sus números. Sabe que tiene que hacerlo. Si no lo hace, si no supera esos números, se verá fuera a final de mes. No pudo. Se cansó y se quedó fuera. Pero fuera de aquel sistema; celebrándolo bajo el sol, en la playa y con una cerveza de su marca favorita.

Creando historia(s)

De blog en blog, de contenido en contenido, de vídeo en vídeo, de frase en frase. De canción en canción, de la playlist que conocía y llegando a la que no. Saltando de página web en página web. Escuchando la lluvia caer. Apretando los cascos para seguir, estirando la espalda, juntando las piernas. Moviendo los dedos y concentrando el cerebro. Pensando en la vida, creando historia(s). 

Desconocidos

En realidad le daba igual quien fuera, donde estuviera, qué hiciera o qué día fuera. No le importaba ya nada y el todo cobraba más sentido con el tiempo. Todo lo que le rodeaba no existía. Solo existía ella y sus ojos. Ella frente a él, quien desnudaba su verdad por el día. Él frente a ella, quien desvestía sus sueños por las noches. Desconocidos convertidos en conocidos, compartiendo sus últimos días. Conocidos viviendo juntos sus dos vidas.

Verbenas

Ya es verano. Hemos organizado un plan bastante apetitoso. Mañana nos veremos todos a las diez de la mañana en el reloj central de la plaza. Todos listos para ir a pasar un día entre agua, cartas y buena comida. Como todos los años, en este día no importa si vas solo o acompañado. Cuantos más mejor, cuantos menos peor. Nevera en mano, toalla, bañador y sandalias colgados sobre tu espalda y, sobre todo, ganas, muchas ganas de pasarlo bien. Mañana será día de verbena. Cuando la música suene, las sonrisas vuelen y la vida fluya.

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Almohadas

Cuarenta almohadas distribuidas por toda la casa; diez regaladas durante los últimos dos años, veinticinco compradas en los rastrillos del barrio. Las cinco restantes fueron regalos de su madre. Había algo que le hacía a su madre amar las almohadas. No por su comodidad, sino por cuanto vestían las habitaciones. Con una especie de magia; de esas que alegran el espíritu. De ese que se respira entre cuatro paredes; que se escapa por las puertas, que se arrima a ti y te susurra que la vida son colores. Los mismos que rodean las cuarenta almohadas.

Bailando bajo el sol

Aún se veía el rocío sobre las hojas de las flores. Hoy olía a primavera, se respiraba el olor a césped recién cortado. Cogió la derecha, dirección a su lugar favorito. Después cogió la izquierda y empezó a caminar recto. Cerró lo ojos siguiendo el ritmo de sus pasos. Bajo el sol, que seguía brillando como a primera hora, sus pies daban los primeros revoloteos, cruzando las piernas entre ellas, al compás de sus pensamientos. Entre el vaivén de sus pies, recto por el camino del sosiego, respirando a bocanadas de esperanza, exhalaba a golpe de sonrisas.

Rebajas

Las rebajas ya están aquí, gritaban entre ellos. Vamos que nos quedamos sin la chaqueta tan bonita de pana que tan bien me quedan con los vaqueros que me compré el mes pasado, decía uno de ellos. Pero, ¿y si no está el color que quiero?, decía otro. A ver no importa son rebajas, siempre podremos pillar alguna otra cosa, replicaban por detrás. Se dispersaron. Se encontraron y compartieron todo lo que habían comprado. Triste por no haber encontrado su chaqueta de pana, enseñaba con orgullo el resto de chaquetas y camisetas que se había comprado en su lugar.

Loco de atar

Cierto desconcierto le hacía no saber si lo que pensaba era real. En la última cita con el médico le habían dicho que su tratamiento iba mejor, pero él no lo creía y sabía que tenía que dejar de tomar aquellas malditas pastillas. No había medicina que eliminara aquello que vio, ni siquiera la curandera que le habían recomendado. Aún le quedaba esperanza, aunque ya no sentía ningún recóndito de ilusión. La noche en que la vio a su lado, lo entendió todo. Ya no había vuelta atrás. No estaba loco de atar, estaba muerto.

Éxito

Entre bambalinas se pasaba los días. Era algo que siempre había querido desde pequeño. Le encantaba vestirse con todo tipo de ropas, hacer teatro, pintarse y maquillarse. A veces, en el silencio de las noches, a puntillas y sin apenas respirar, cogía los modelos favoritos de mamá. Soñaba en convertirse en alguien famoso. Y su éxito llegó. Mañana sería el gran día.

...te dejo más historias de vida en el botón de abajo, por si te apetece seguir leyendo.